martes, 23 de noviembre de 2010

CONSEPCIONES DE LA EVALUACIÓN


La evaluación es esencial a la educación, es inherente a la misma en cuanto es concebida como problematización, cuestionamiento y reflexión sobre las acciones que se llevan a cabo en el proceso de enseñanza- aprendizaje.
Evaluar es interpretar la adecuación de un conjunto de información que se obtiene en el desarrollo de las prácticas y un conjunto de criterios adecuados a un objetivo fijado, con el fin de tomar una decisión pedagógica.
La tarea de evaluar se puede concebir desde distintos paradigmas y actuar de acuerdo ellos, lo cual también tiene una coherencia y una continuidad con la concepción de educación que tengamos.

Paradigma cuantitativo: la evaluación es neutral, objetiva, se interesa por la eficiencia y se evalúan los productos obtenidos.

Paradigma cualitativo: se interesa por comprender que está sucediendo y que significado tiene esto para los distintos actores involucrados, con el fin de evaluar procesos y productos.

Paradigma crítico: la evaluación recoge información acerca del proceso que se esta dando pero además genera diálogo y autorreflexión.

Estos dos últimos modos de concebir la evaluación, son a mi criterio los más justos, válidos, completos y eficientes. Pero, tradicionalmente, se ha concebido la evaluación desde una perspectiva centrada en los resultados finales a partir de una instancia evaluadora, se ha utilizado no al servicio del proceso educativo como práctica que retroalimenta el accionar, sino como sancionadora final del mismo, aplicándose generalmente no a todos los ámbitos en que se debería, sino casi con exclusividad a los alumnos. Sin embargo, la evaluación no tendría que ser un apéndice del proceso educativo, sino que es parte del mismo como un continuo formativo.
Con un enfoque crítico y cualitativo, se intenta centrar la atención en comprender que y como están aprendiendo, para que la evaluación deje de ser el modo de contrastar el grado en que los estudiantes han captado la enseñanza, para pasar a ser una herramienta al servicio de todos los implicados en el proceso de enseñanza- aprendizaje, que retroalimenta la práctica, permite tomar decisiones a partir de los logros y las dificultades para aportar y profundizar dicho proceso.
Obtener información es solo una parte de la evaluación, es necesario darle un lugar importante a las reflexiones, interpretaciones y juicios que se llevan a cabo con los datos obtenidos. La evaluación es la reflexión permanente del educador sobre sus prácticas, sobre el trayecto del alumno en la construcción del conocimiento, a lo que le podemos agregar, que también es una reflexión del mismo alumnado sobre sus trayectos, logros y dificultades.
Así la evaluación deja de ser un momento terminal del proceso para transformarla en la búsqueda de comprensión de las dificultades y en la dinamización de nuevas oportunidades de conocimiento, a partir de una toma de decisiones que ajusta las prácticas educativas.
Lo que es criticable de la evaluación clasificatoria, es que se plantea como una discontinuidad, una segmentación, un parcelamiento del conocimiento, una información incompleta de los aprendizajes de los alumnos. Así se determina una nota o concepto que es dado al alumno y a los padres, sin interpretación, quedando a un lado el proceso de autoevaluación y la capacidad de promover cambios positivos.
Este modo de calificar sigue viciando las relaciones normales del alumnos y el docente, comprometiendo la motivación por aprender y aprender a aprender y la imagen que hacemos que los alumnos tengan de sí mismos. Las calificaciones en sí sólo aportan información sobre el lugar que ocupa cada alumno y su rendimiento en una escala numérica, lo que no nos dice es qué y porqué no anda bien, y menos aún que es lo que se debería modificar.
No se trata de observar la evaluación como elemento que no contiene juicios de valor, pero sí que los mismos sean a partir de una elaboración seria y rigurosa, lo más objetiva posible, a partir de la información obtenida durante el proceso educativo, que le sea útil no sólo al docente, sino también a los alumnos para que ellos puedan también comprender su propio camino, y aprender sobre todo a autoevaluarse.
En primer lugar, el propósito de la evaluación no se puede lograr si la misma no se convierte en autoevaluación, tanto para el docente como para el alumno. En segundo lugar, la misma debe ser coherente con las concepciones de aprendizaje y enseñanza que se tengan, y por último la resolución técnica que se elija debe permitir evaluar todos los aspectos que están comprometidos en los proceso de aprendizaje y enseñanza.
Lo importante es que mediante la evaluación, se logre comprender y transformar la práctica educativa, mediante el análisis e interpretación de las informaciones que se obtienen en el proceso de enseñanza aprendizaje. Con respecto a lo factible o posible de esta situación, los docentes podríamos y deberíamos estar en condiciones no sólo de elegir, sino de generar alternativas de evaluación dentro de un enfoque amplio de la misma y también de la educación, es posible transformar la evaluación en una herramienta de conocimiento para los profesores y alumnos.
Y aquí surge la necesidad de que el docente que sea responsable de su elaboración didáctica, debe ser a su vez libre de diseñar y administrar su programa de evaluación. De otra manera, la evaluación no cumpliría otra función más que la de servir de control, minimizando sus posibles efectos positivos de mejoramiento de los procesos y de los resultados.
Una evaluación formativa requiere de un diagnostico inicial para obtener información sobre el punto de partida de cada alumno, y un seguimiento durante el proceso que nos aporta información de los logros, progresos, dificultades y que nos sirve para ir retroalimentando la práctica y haciendo cambios positivos en la misma. En este punto destaco principalmente la función de la observación y acompañamiento del docente para con sus alumnos.
A través de una evaluación de proceso, podemos determinar el grado de cercanía y el progreso tanto de la enseñanza como del aprendizaje. La misma se puede realizar con variados instrumentos para evaluar tanto los procesos como los productos, tales como:


  1. - Portafolios
  2. - Entrevistas
  3. - Observación y registro
  4. - Autoevaluación oral y escrita
  5. - Informes
  6. - Proyectos
  7. - Carpetas de Trabajo
  8. - Expresiones artísticas
  9. - Muestras e investigaciones del alumno

Se podrían seguir numerando variadas instancias de evaluación, lo importante es que cobren sentido para entender el proceso en su complejidad.
Con respecto de los objetivos de este tipo de evaluación, creo que principalmente serían:


  •  Estimular el pensamiento divergente y la capacidad de utilizar un dominio o competencia en distintas formas y en diversos momentos.
  •  Hacer una constante retroalimentación tanto desde el lugar del docente como del alumno.
  •  Conocer y comprender que esta pasando, porqué y aportar información que sirva para tomar decisiones acerca de las modificaciones que son necesarias y posibles.
  •  Favorecer la comprensión del proceso con todas sus particularidades, también a los alumnos y padres.
  •  Promover la autonomía, la libertad, la democracia y autovalía
  •  Profundizar el proceso educativo en todos los aspectos involucrados.
  •  Estimular el pensamiento crítico y la capacidad de metacognición
  •  Favorecer la motivación intrínsica para aprender
  •  Formular juicios de valor, a partir del análisis serio de la información y generar diálogo y reflexión.

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